El ambiente en la sala era denso, cargado de tensión. Agatha sentía cada segundo como una losa pesada sobre sus hombros. Frente a ella, Al-Fayed, el hombre que había tratado de destruirlos, mantenía una expresión de satisfacción perturbadora.
—Nunca pensé que lograrías llegar tan lejos —dijo Al-Fayed, su voz teñida de burla.
Samer, a su lado, permanecía inmóvil. Su mirada era una mezcla de furia contenida y cálculo frío. Sabía que cualquier movimiento en falso podría costarles caro. Al-Fayed ha