El rugido del motor resonaba en la oscuridad mientras la camioneta se alejaba rápidamente de la ciudad. Agatha miraba por la ventana, intentando calmar el ritmo frenético de su corazón. Sabía que cada kilómetro que recorrían los alejaba de la venganza de Al-Fayed, pero el peligro todavía la perseguía, como una sombra imposible de sacudirse.
Samer, sentado junto a ella, mantenía los ojos clavados en su teléfono. Los mensajes y llamadas de sus contactos fluían sin cesar, actualizándolo sobre cada