Al día siguiente, Agatha ya estaba más cómoda en la oficina de Samer. Había aprendido mucho en tan solo un día, pero también sabía que el camino sería largo. No solo tenía que ganarse el respeto de aquellos que subestimaban su capacidad, sino también de aquellos que, como Aziz, veían en ella una posible vulnerabilidad.
Samer tenía una reunión importante con el ministro de comercio de un país vecino, y aunque al principio había pensado en asistir solo, Agatha insistió en acompañarlo. Esta era un