El silencio en la habitación pesaba tanto como las palabras no dichas. Agatha seguía inmóvil junto a la ventana, tratando de encontrar consuelo en la vastedad de la ciudad que se extendía ante ella. La noche era un testigo mudo de sus pensamientos, reflejando en su oscuridad la maraña de emociones que amenazaban con consumirla.
Samer, aún a su lado, la observaba con una mezcla de preocupación y admiración. La fortaleza de Agatha era innegable, pero también sabía que había límites para lo que al