La semana continuó con una extraña tensión que Agatha no podía sacudirse. Desde la conversación con Samer sobre los mensajes anónimos, había algo en el aire, una especie de carga emocional que ambos parecían evitar, pero que, inevitablemente, los arrastraba hacia el centro de sus propias dudas y emociones no resueltas.
Un día, mientras trabajaba en un informe, su teléfono vibró. Esta vez no fue un mensaje anónimo; era un correo electrónico de una dirección desconocida. “La verdad siempre sale a