Yusef estaba sentado en una silla en el centro de una pequeña habitación del refugio, sus manos atadas a la espalda. Frente a él, Samer lo observaba con una calma escalofriante, mientras Khaled permanecía cerca, vigilante.
—Habla, Yusef. ¿Para quién trabajas? —preguntó Samer con voz baja, pero cargada de autoridad.
El hombre levantó la mirada, sudando bajo la presión.
—No entiendes… no tenía opción.
Samer cruzó los brazos, sin apartar la mirada.
—Siempre hay una opción. Decidiste traicionarnos.