La mansión estaba envuelta en un silencio inquietante después del enfrentamiento. Los guardias de Samer revisaban cada rincón, asegurándose de que no quedara ninguna amenaza. Agatha, aún temblando por lo sucedido, se mantenía cerca de Samer. Aunque él no decía mucho, su mirada sombría hablaba por sí sola: estaba procesando la gravedad de la situación.
—¿Estás segura de que no estás herida? —preguntó Samer por tercera vez, con un tono que mezclaba preocupación y autoridad.
—Estoy bien, Samer —re