El amanecer trajo consigo un aire helado que envolvía la mansión. Agatha se despertó temprano, incapaz de conciliar un sueño profundo. Al abrir los ojos, encontró a Samer sentado junto a la ventana, observando el horizonte. Tenía el teléfono en una mano y en la otra una taza de café que apenas había tocado.
—¿Algo nuevo? —preguntó Agatha, su voz apenas un susurro.
Samer volteó hacia ella y negó con la cabeza.
—No aún, pero no me confío. Jaber es impredecible.
Agatha se levantó y se envolvió en