Reina
Me trajeron sin ceremonias, y eso debería haber sido el primer indicio de que las cosas iban a ir cuesta abajo a partir de ahora. Era la calma literal antes de la tormenta, y nada dolía más que no estar preparada para capearla, aunque, tratándose de Caine, dudaba que pudiera ganarle.
No hubo voces alzadas, portazos, ni una ira visible esperando a tragarme por completo en cuanto cruzara el umbral. Eso solo me inquietó más que cualquier arrebato.
Caine estaba de pie cerca del ventanal, de espaldas a mí, con las manos entrelazadas a la espalda. Siempre adoptaba esa postura cuando tenía algo desagradable que decir, y odiaba haberme acostumbrado, en cierto modo. Como de costumbre, la oscuridad exterior teñía el cielo de un negro intenso. La única luz allí eran las bombillas que iluminaban las líneas definidas de sus hombros, su quietud deliberada, controlada y demasiado calculadora.
Me había preparado para la furia, pero en cambio me encontré con el silencio. A medida que pasaban los