Reina
No dormí. No podía, era la frase correcta, y no importaba la técnica que intentara, el sueño no llegaba por sí solo. No me malinterpreten, no podía dormir no porque estuviera inquieta, sino porque estaba escuchando. Escuchando, esperando lo único que me ayudaría. No tenía ni idea de qué sería, pero sabía que lo sabría en cuanto lo oyera.
El palacio tenía un ritmo. Ya lo había aprendido, y lo agradecía. Por ejemplo, los guardias que estaban fuera de mi puerta se movían a intervalos predecibles, y los pasos resonaban de forma diferente según quién pasara. Lo sabía porque me había obligado a memorizar y diferenciar a quién pertenecía.
Los sirvientes, en cambio, se movían con suavidad y eficiencia, siempre justo antes del amanecer y justo después del anochecer, cuando la atención se desvanecía.
Si me observaban, había momentos en que la vigilancia se desvanecía.
Esperaba uno de esos momentos.
La mañana llegó con comida y silencio, la tarde con inspección y notas tomadas en pergamino