Mauricio había sentido cómo los dedos de Valeria se deslizaban sobre su reciente tatuaje, produciéndole una sensación cosquilleante. Sin dudarlo, tomó su mano y al mirar hacia ella, vio que sus ojos brillaban de alegría.
Sonriendo con voz profunda, le preguntó: —¿Te gustó?
Valeria, con un juego de cejas, le hizo saber que «por supuesto que sí». Al pagar, decidió darle al tatuador una propina extra de quinientos dólares, dejándolo sumamente contento.
El tatuador los acompañó hasta la salida, insi