La Clínica Ruber Internacional tenía una entrada trasera para "pacientes VIP".
Yo la usaba para que la prensa no especulara sobre mi úlcera ficticia, pero hoy la usaba para confirmar el desastre biológico que crecía en mi interior.
Caminé por el pasillo de mármol aséptico, con el sonido de mis botas planas resonando en el silencio.
Llevaba mi "armadura de invisibilidad": gabardina beige, gafas de sol y una bufanda que ocultaba mi cuello y mi escote.
—Señora Castillo —dijo la recepcionista, una