No pude hacerlo en el Starbucks.
La suciedad, el olor a café quemado, la realidad vulgar de enterarme de mi destino en un baño público... no pude.
Guardé las varitas sin mirar, las metí en mi bolso como quien esconde un arma homicida y volví a la jaula de oro.
Ahora estaba donde debía estar. En el baño principal de la mansión Castillo, rodeada de mármol de Carrara y grifería de oro.
Cerré la puerta con el pestillo. Y luego, por si acaso, arrastré una silla de terciopelo para bloquear el pomo.
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