El sonido de las ruedas de goma sobre el parquet del pasillo fue lo único que rompió el silencio mortal que siguió a las sirenas.
Mateo retrocedió hacia el balcón, buscando una salida, pero yo me quedé clavada en el centro de la habitación, con la sábana negra apretada contra mi pecho como un escudo inútil.
La puerta abierta de la suite se llenó con la figura de dos paramédicos empujando una silla de ruedas de alta tecnología.
Y en ella, el fantasma.
Lorenzo Castillo estaba gris. Su piel tenía