La grabadora digital descansaba sobre la mesa del desayuno como una granada sin anilla.
Pequeña. Negra. Letal.
Lorenzo se sirvió café con la mano izquierda, la que no tenía la vía intravenosa. A pesar de la bata de seda y de su palidez mortal, irradiaba una autoridad absoluta.
Había ganado. Me había dejado jugar a la reina malvada solo para recordarme que el tablero siempre fue suyo.
—Come —dijo, señalando mi plato de fruta intacto.
—No tengo hambre.
—Necesitas fuerzas. Tienes una agenda muy ap