La silla de Lorenzo Castillo, situada en la cabecera de la sala de juntas, siempre había parecido un trono de hierro forrado en cuero italiano.
Hoy estaba vacía. Y el vacío pesaba toneladas.
Doce directivos me miraban desde sus asientos, nerviosos, como ovejas que huelen la tormenta.
Alejandro estaba de pie junto a la cabecera, con una mano apoyada en el respaldo de la silla de su padre, intentando proyectar una autoridad que no tenía.
Llevaba un traje negro de luto prematuro y ojeras que le ll