Capítulo 72

La silla de Lorenzo Castillo, situada en la cabecera de la sala de juntas, siempre había parecido un trono de hierro forrado en cuero italiano.

Hoy estaba vacía. Y el vacío pesaba toneladas.

Doce directivos me miraban desde sus asientos, nerviosos, como ovejas que huelen la tormenta.

Alejandro estaba de pie junto a la cabecera, con una mano apoyada en el respaldo de la silla de su padre, intentando proyectar una autoridad que no tenía.

Llevaba un traje negro de luto prematuro y ojeras que le ll
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