Regresé a la mansión con el corazón en la garganta y el maquillaje retocado apresuradamente en el coche de Mateo.
Esperaba gritos. Esperaba que Lorenzo me estuviera esperando en el vestíbulo con la foto de mi traición en una mano y una pistola en la otra.
Pero la casa estaba en silencio. Un silencio cálido, iluminado por velas.
—¿Lorenzo? —llamé, dejando las llaves en la consola.
—En el salón, querida.
Su voz no sonaba furiosa. Sonaba... ligera.
Entré en el salón principal. Lorenzo estaba senta