Lorenzo no abrió internet. No hizo falta. Internet vino a nosotros.
Su teléfono personal, el de la empresa y el teléfono fijo de la mansión empezaron a sonar simultáneamente. Una sinfonía de alertas que anunciaba el fin del mundo.
Lorenzo ignoró las llamadas. Caminó hacia su vestidor, sacó una tablet del cajón de seguridad y la encendió.
Yo me quedé sentada en la cama, con las sábanas subidas hasta el pecho, sintiendo cómo el frío de la madrugada se filtraba en mis huesos.
Sabía lo que iba a ve