No miré atrás. Sabía que Lorenzo estaba distraído con su equipo de seguridad, pero cada segundo contaba.
Caminé rápido hacia el deportivo negro de Mateo. Él abrió la puerta del copiloto desde dentro sin decir una palabra.
Me deslicé en el asiento de cuero bajo, cerrando la puerta con un golpe seco que nos aisló del ruido de la calle.
El interior olía a tabaco, menta y peligro.
—Arranca —ordené, mirando por el retrovisor.
Mateo pisó el acelerador. El motor rugió y salimos disparados, dejando el