Capítulo 40

El mundo estalló en un millón de luces blancas.

Flashes. Cientos de ellos. Disparándose al unísono como ametralladoras fotográficas.

Me protegí los ojos por instinto, pero la mano de Lorenzo en mi cintura se tensó, impidiéndome retroceder.

Su agarre era de acero, posesivo, inamovible. Me mantenía anclada a su lado en el estrado, frente a un mar de tiburones con micrófonos.

—Sonríe, Elena —murmuró entre dientes, manteniendo su propia sonrisa perfecta hacia las cámaras—. Están pagando por ver a l
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