Lorenzo no esperó a que el eco de los pasos de su hijo desapareciera.
Me agarró del brazo, justo por encima del codo, con una fuerza que hizo crujir la seda de mi bata. No me llevó de vuelta a la cama. Me arrastró por el pasillo del Ala Este, pasando de largo la suite principal.
—Lorenzo, me estás haciendo daño —siseé, tropezando con mis propios pies descalzos.
—El dolor es un recordatorio, Elena. Y tienes mala memoria.
Se detuvo frente a una puerta doble de roble oscuro que nunca había visto a