La amenaza de Lorenzo quedó suspendida en el aire, densa como el humo.
Acabas de invitar al lobo a cenar.
Pero antes de que el lobo pudiera atacar, un ruido estruendoso sacudió el pasillo exterior.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Alguien estaba golpeando la puerta de la suite con una violencia desesperada.
—¡Elena! —gritó una voz arrastrada por el alcohol y el pánico—. ¡Sé que estás ahí! ¡Abre la maldita puerta!
Alejandro.
Lorenzo se tensó. Su mirada se desvió de mí hacia la puerta blindada. No parecía preoc