A las ocho de la tarde, el piso ejecutivo del Grupo Castillo estaba desierto.
El silencio era absoluto, solo roto por el zumbido lejano del aire acondicionado y el tráfico amortiguado de la Castellana. Las luces de los cubículos estaban apagadas.
Solo mi pecera de cristal brillaba como un faro en la oscuridad.
Me recliné en mi silla de cuero, girando un bolígrafo Montblanc entre mis dedos.
Mi madre solía decir que el hambre era el mejor condimento. Lorenzo Castillo lo sabía; por eso me había tenido hambrienta de poder durante años.
Ahora, yo iba a aplicar esa misma lección a su hijo. Pero su hambre no sería de poder. Sería de algo mucho más básico.
Miré hacia el pasillo.
En el pequeño escritorio de metal, bajo la luz parpadeante de emergencia, Alejandro seguía allí. Tecleaba en una hoja de cálculo con la diligencia de un becario aterrorizado. No se había atrevido a irse sin mi permiso.
Presioné el intercomunicador.
—Castillo. A mi despacho.
Vi cómo su cabeza se levantaba de golpe. Se