El cristal de mi nueva oficina en el Grupo Castillo era bidireccional. Yo podía ver todo el piso operativo; ellos solo veían un muro de plata espejada.
Era el lugar perfecto para un depredador.
Eran las nueve de la mañana. Me alisé la falda de cuero negro de Gucci y ajusté mi reloj Cartier. Hoy no venía a gestionar logística. Venía a podar el árbol genealógico de los Castillo.
Presioné el intercomunicador.
—Convoque a todo el personal del piso doce en el área común. Ahora.
Cinco minutos después