Capítulo 22

El cristal de mi nueva oficina en el Grupo Castillo era bidireccional. Yo podía ver todo el piso operativo; ellos solo veían un muro de plata espejada.

Era el lugar perfecto para un depredador.

Eran las nueve de la mañana. Me alisé la falda de cuero negro de Gucci y ajusté mi reloj Cartier. Hoy no venía a gestionar logística. Venía a podar el árbol genealógico de los Castillo.

Presioné el intercomunicador.

—Convoque a todo el personal del piso doce en el área común. Ahora.

Cinco minutos después, cien empleados susurraban nerviosos. Alejandro estaba en medio de ellos, con el pecho inflado, creyendo que esta reunión era para anunciar nuestra "reconciliación" o su ascenso.

Me miraba con una complicidad patética que me revolvía el estómago.

Salí de mi oficina. El silencio fue instantáneo. El eco de mis tacones sobre el mármol era el único sonido.

—A partir de este momento —comencé, mi voz proyectándose con una frialdad quirúrgica—, el Grupo Castillo entra en una fase de optimización de ac
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