El ascensor privado subió hacia la planta presidencial en un silencio sordo que contrastaba con el caos que había dejado abajo.
Alejandro seguía de rodillas, limpiando mi alfombra. Los empleados seguían murmurando. Y yo subía al cielo para encontrarme con Dios. O con el Diablo.
Las puertas se abrieron.
La secretaria de Lorenzo ni siquiera me miró. Sabía que no necesitaba anunciarme.
Entré en el despacho del León.
Lorenzo estaba de pie frente a su escritorio, con las manos apoyadas en la superficie de caoba, los nudillos blancos por la presión. La pantalla gigante en la pared mostraba las cámaras de seguridad de mi oficina.
Lo había visto todo.
—Cierra la puerta —ordenó sin levantar la vista.
Obedecí. El clic del cierre magnético selló la habitación.
—Acércate.
Caminé despacio, disfrutando del sonido de mis tacones en su suelo de madera. No tenía miedo. Tenía el control. O eso creía.
Lorenzo levantó la cabeza. Sus ojos eran dos carbones encendidos. No había orgullo en su mirada por cóm