El ascensor privado subió hacia la planta presidencial en un silencio sordo que contrastaba con el caos que había dejado abajo.
Alejandro seguía de rodillas, limpiando mi alfombra. Los empleados seguían murmurando. Y yo subía al cielo para encontrarme con Dios. O con el Diablo.
Las puertas se abrieron.
La secretaria de Lorenzo ni siquiera me miró. Sabía que no necesitaba anunciarme.
Entré en el despacho del León.
Lorenzo estaba de pie frente a su escritorio, con las manos apoyadas en la superfi