El olor a humo no era un sueño.
Me desperté tosiendo, con la garganta seca y los ojos escociendo.
La alarma de incendios, que Lorenzo había desactivado parcialmente para fumar en su despacho, permanecía en un silencio criminal.
Miré el reloj digital. 02:45 AM.
Lorenzo no estaba en la cama.
Probablemente seguía abajo, bebiendo para celebrar su nueva voluntad testamentaria o lamentando la pérdida de su hijo primogénito.
Pero el humo... el humo venía del pasillo.
Me levanté de un salto, descalza,