El sonido de la cuchara de plata golpeando el fondo del plato de porcelana era el único ruido en el comedor.
Clink. Clink. Slurp.
Lorenzo Castillo comía su sopa de verduras con la concentración de un hombre que intenta reconstruir su fuerza a cucharadas.
El infarto (o el ataque de ansiedad, como él prefería llamarlo) le había dejado secuelas. Ya no era el león rugiente. Era un león viejo lamiéndose las heridas.
A su izquierda, Alejandro no comía.
Tenía un plato de solomillo intacto frente a él.