Lorenzo bebió el agua con la avidez de un náufrago.
El vaso temblaba contra sus dientes, produciendo un tintineo rítmico que era la única música en el despacho silencioso.
La pastilla de nitroglicerina ya estaba haciendo efecto, diluyendo el nudo en su pecho, devolviendo el color a su piel grisácea.
Se dejó caer hacia atrás en el sillón de cuero, cerrando los ojos.
—Gracias... —susurró, con una voz que era una sombra de su rugido habitual—. Me salvaste.
Me quedé de pie junto a él, observando có