El bote de vitaminas Prenatal Forte descansaba en la repisa de mármol del baño, inocente y blanco.
Para Lorenzo, contenía ácido fólico y hierro para mi recuperación. Para mí, contenía la única barrera entre mi libertad y la esclavitud biológica eterna.
Había vaciado la mitad de las cápsulas gelatinosas por el inodoro y había escondido en el fondo, curvado contra el plástico, un blíster plateado de anticonceptivos orales de alta dosis.
Me había costado cinco mil euros sobornar a la enfermera del