La maternidad en la mansión Castillo no tenía nada que ver con el instinto. Tenía que ver con los horarios.
Bajé a la guardería a las nueve en punto, ansiosa por ver a mi hijo después de una noche de encierro y "medicación" forzosa.
Pero la puerta blanca estaba cerrada.
Giré el pomo. Entré.
No estaba la enfermera de siempre, la chica joven que me sonreía con lástima.
Había una mujer nueva.
Era alta, robusta, con el pelo gris recogido en un moño tan tirante que parecía doler. Llevaba un uniforme