La pantalla del móvil de Mateo era pequeña, pero la imagen que mostraba era lo suficientemente grande para destrozarme el alma.
El video era en directo. Una cámara temblorosa enfocaba una silla de madera en una habitación de hotel impersonal.
Y allí estaba ella.
Carmen. Mi madre.
La mujer que se había dejado las rodillas fregando suelos para pagarme la universidad. La mujer cuya foto limpiando un inodoro había sido proyectada en la gala de mi humillación.
Estaba amordazada con cinta americana g