La mansión Castillo, sin Lorenzo, no era una casa. Era un mausoleo de mármol frío.
El silencio que siguió a la partida del coche negro de Dante fue más ensordecedor que el tiroteo.
Era un vacío físico, una presión en el pecho que me impedía respirar.
Caminé por los pasillos oscuros como un fantasma. Pasé por el despacho, donde el olor a su tabaco aún flotaba en el aire.
Pasé por la biblioteca, donde me había puesto el collar. Pasé por la cocina, donde habíamos peleado y follado y negociado nues