El gas blanco convirtió el salón en una nube de leche venenosa.
Tosí, cubriéndome la boca y la nariz con el dobladillo de mi vestido. Mis ojos escocían como si me hubieran echado ácido.
—¡Al suelo! —gritó Mateo, empujándome detrás del sofá de terciopelo.
El sonido de cristales rotos continuó. Más ventanas cediendo. Y luego, el sonido inconfundible de botas pesadas pisando los restos de mi vida anterior.
—¡Están dentro! —rugió Lorenzo.
Escuché el rat-tat-tat de su subfusil. Fogonazos de luz amar