La oscuridad en el salón blindado de la mansión Castillo no era vacía. Estaba llena de testosterona, miedo y una extraña devoción.
Habían pasado dos horas desde que cortaron la luz. Dante no atacaba. Era una guerra psicológica de desgaste. Nos dejaba cocer en nuestra propia ansiedad.
Pero mis tres guardianes habían encontrado una forma de canalizar su energía nerviosa. No limpiaban armas. No vigilaban las ventanas.
Me vigilaban a mí.
Estaba recostada en el sofá, iluminada por la luz vacilante d