La mansión Castillo había dejado de ser un hogar. Ahora era un búnker de cinco estrellas.
Dante se había retirado, pero su amenaza flotaba en el aire como el olor a pólvora quemada que impregnaba las cortinas de seda.
"Cuarenta y ocho horas", había dicho antes de salir con sus sicarios muertos. "Entregadme a la chica y al bastardo, o reduciré esto a escombros".
Estábamos en el salón principal. Las ventanas habían sido cubiertas con planchas de acero que Lorenzo guardaba en el sótano para "conti