El despacho de Luis Morales, enclavado en el corazón de su mansión en Coral Gables, era un altar de poder, impregnado del aroma a cuero curtido y whisky añejo. La luz de un candelabro de cristal tallaba sombras afiladas sobre su rostro, mientras él presidía una mesa rodeada por tres abogados de trajes impecables, sus plumas deslizándose como cuchillas sobre blocs de notas. Frente a él, Ana Vega, envuelta en un vestido carmesí que parecía arder bajo la penumbra, retorcía un anillo en su dedo, su