El escritorio de caoba en la oficina de Luis Morales relucía bajo la luz tenue de una lámpara de bronce, impregnado del aroma a tabaco añejo y cera pulida. El teléfono, aún caliente tras la llamada de Ana, yacía como un testigo mudo de su furia contenida. Diego se queda en Miami. Va a establecerse aquí. Las palabras de Ana resonaban en su mente, cada sílaba un clavo que se hundía en su control meticulosamente construido. Sus dedos, elegantes y precisos, se cerraron en un puño, mientras sus ojos