Un golpe seco en la puerta irrumpió como un relámpago, rompiendo el frágil capullo de intimidad que envolvía a Valeria y Diego. Sus cuerpos, aún encendidos por el ardor de su reencuentro, se tensaron, pero en los ojos de Valeria brillaba una determinación feroz. Había pasado demasiado tiempo esquivando sombras, dejando que el control de Luis dictara su destino. Ahora, con la verdad de sus hijos como un faro y el calor de Diego aún latiendo en su piel, no había espacio para el miedo. Solo para l