Dos días. Dos días de agonía, y Diego Rivera era un tigre atrapado en una jaula de cristal, su corazón rugiendo con una desesperación que lo desgarraba. Cada amanecer lo arrastraba al Centro de Cardiología, sus pasos febriles resonando en los pasillos fríos, buscando a Valeria como un náufrago busca la orilla. Pero ella era un fantasma, siempre esquiva, un eco que se desvanecía en la distancia. No sabía que los ojos de Luis Morales lo acechaban desde las sombras, sus hombres tejiendo una telara