No regreso a la oficina, no puedo, igual es tarde ya, al verme en la calle, Ana hace un gesto de alivio y viene a mi encuentro.
—¿Todo bien? —pregunta con tono nervioso.
—Un fotógrafo que quería sacarme dinero. Que le pague mi marido si quiere seguir ocultado su amorío.
Se me revuelve el estómago al recordar las palabras de Giacomo: no es un amorío. Quizás la ama y no se deshace de mí para cuidar su imagen de hombre de familia, pero lo hará pronto.
—¿Y? —insiste Ana.
—Nada, nada, Ana. No quiero