—Pequeña… —su voz sonó entrecortada, cargada de una mezcla de sorpresa y alarma. Sus ojos se clavaron en los míos con intensidad mientras subía los tres escalones que nos separaban.
Lo observé con una sonrisa temblorosa en los labios, aunque por dentro sentía un dolor desgarrador.
—Ahora entiendo los dolores… siempre estuvieron ahí… —murmuré con voz ahogada, intentando mantenerme firme a pesar de la tormenta de emociones que me azotaba.
Él dio un paso más, acercándose con cautela, pero antes