95. LA PELEA DEL SIGLO.
El sol de la ciudad no era indulgente. A media tarde, el cielo era de un azul cegador y el calor del verano se cernía sobre los campos resecos. La granja abandonada no ofrecía sombra, y sus paredes blancas y encaladas ardían bajo la luz.
La visibilidad era máxima, un riesgo calculado para Dominico Callahan. Si iba a ser una carnicería, prefería que sus enemigos la vieran venir.
Dominico se acercó al perímetro. No iba vestido de negro, sino con un traje táctico de tono tierra que apenas mi