9. Sangre, pruebas y flores
Los invitados volvieron a bailar, murmurando en voz baja, pero sin dejar de mirarme de reojo. Algunos seguían conmocionados; otros me miraban con respeto y el resto... tenían miedo. Acababan de ver cómo la mujer que siempre habían considerado frágil se levantaba de su silla de ruedas y destronaba a su marido de su puesto de director ejecutivo, todo ello en solo quince minutos.
Las luces de la fiesta se reflejaban en mi vestido blanco, que ya no me parecía un disfraz, sino más bien la armadura d