La mañana siguiente llegó con una suavidad inesperada. Los primeros rayos del sol se filtraron por la ventana del apartamento, iluminando la sala donde Gavin y Camila aún dormían enredados en el sofá. Él estaba medio sentado, con la cabeza apoyada hacia atrás y un brazo alrededor de ella; Camila, acurrucada contra su pecho, respiraba con la tranquilidad de quien sabe que está en el lugar correcto.
Gavin abrió los ojos lentamente, sintiendo un poco de rigidez en la espalda por haber dormido en e