La mañana siguiente llegó con una suavidad inesperada. Los primeros rayos del sol se filtraron por la ventana del apartamento, iluminando la sala donde Gavin y Camila aún dormían enredados en el sofá. Él estaba medio sentado, con la cabeza apoyada hacia atrás y un brazo alrededor de ella; Camila, acurrucada contra su pecho, respiraba con la tranquilidad de quien sabe que está en el lugar correcto.
Gavin abrió los ojos lentamente, sintiendo un poco de rigidez en la espalda por haber dormido en el sofá, pero el dolor desapareció en cuanto miró hacia abajo y vio a Camila ahí, respirando suavemente, con el cabello extendido sobre su hombro.
Por un momento se quedó quieto, observándola, recordando cada palabra que habían dicho la noche anterior, cada promesa silenciosa, cada nueva certeza.
—Buenos días… —murmuró Camila sin abrir los ojos, como si hubiera sentido su mirada.
Gavin sonrió.
—Buenos días —respondió, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
Ella abrió los ojos despacio,