El amanecer siguiente se abrió como una herida luminosa sobre el horizonte, y Sofía despertó con la sensación de que el sueño que había tenido no era un simple sueño, sino una advertencia envuelta en símbolos. No recordaba del todo las imágenes, pero sí la emoción persistente: una mezcla de urgencia y nostalgia, como si algo —o alguien— la llamara desde un lugar al que aún no sabía llegar. Se incorporó lentamente, sintiendo la frescura áspera del aire que entraba por la ventana entreabierta, llevando consigo olor a tierra mojada y hojas trituradas por los pasos de viajeros nocturnos.
La posada en la que dormía no era lujosa, pero tenía el encanto rústico de quienes han visto pasar demasiadas vidas y demasiadas historias. Las paredes de adobe estaban adornadas con fotografías antiguas, casi sepia, de peregrinos que años atrás habían descansado en ese mismo lugar. Había algo en sus rostros —un brillo cansado, una determinación pacífica— que la hacía sentir acompañada, como si ellos, sin