La noche en el pueblo de las colinas cayó como un manto suave y perfumado. A medida que las luces se encendían una tras otra, el aire se impregnaba de aromas cálidos: pan recién horneado, frutas caramelizadas, incienso que algún comerciante encendía para atraer buena fortuna. Sofía y Gabriel descendieron lentamente de la colina, sin darse prisa, como si ambos quisieran prolongar ese momento suspendido entre la luz y la sombra.
El mercado nocturno ya estaba en pleno movimiento. Había música por todas partes: tambores que marcaban ritmos ancestrales, guitarras que lloraban melodías íntimas, flautas que parecían dialogar con las estrellas. Las personas se movían como ríos de colores, riendo, negociando, cantando. Era un caos hermoso, un caos que parecía tener corazón propio.
—¿Te gusta? —preguntó Gabriel mientras avanzaban entre los puestos.
—Mucho. Es como si cada rincón escondiera una pequeña historia —respondió Sofía, girando la mirada a todas partes, fascinada.
Pasaron frente a un pu