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La noche cayó con una lentitud engañosa, como si el cielo mismo dudara antes de oscurecerse por completo. Dejé los documentos extendidos sobre la mesa del comedor, ordenados por fechas y nombres. Cada hoja era una pieza más de un rompecabezas que Alexander creyó imposible de armar. Me senté frente a ellos durante largo rato, sin tocarlos, solo observando. No por miedo, sino por respeto al peso que tenían. Aquello no era solo información: era una grieta real en su armadura.

Encendí otra taza de
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