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Caminé sin mirar atrás hasta que el murmullo del parque volvió a mezclarse con el ruido cotidiano de la ciudad. Solo entonces aflojé los hombros. Sentía el cuerpo tenso, como si hubiera estado conteniendo la respiración demasiado tiempo. Me senté en un banco al azar y apoyé los codos sobre las rodillas, dejando que el aire frío de la mañana me despejara un poco la cabeza.

Alexander no mentía: el control le gustaba. Necesitaba sentirse por encima, marcar territorio, hacer creer a los demás que n
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