La esperanza, sin embargo, no era una sensación cómoda. No llegaba ligera ni limpia. Era una esperanza tensa, afilada, como un vidrio sostenido con cuidado para no cortarse. Sabía que, si existía una grieta en el círculo de Alexander, también significaba peligro. Alguien traicionaba desde dentro, y eso nunca ocurría sin consecuencias.
Ordené los documentos sobre la mesa del comedor. Los leí uno por uno, despacio, obligándome a no dejarme llevar por la ansiedad. Había transferencias fragmentadas,