Soñé con pasos que me perseguían. Con voces susurrando mi nombre. Con ramas que se alargaban como manos intentando atraparme. Soñé con lluvia fría, con tierra húmeda pegándose a mis pies, con mi respiración agitada. Y siempre, siempre, con la sensación de que alguien me observaba desde la oscuridad.
Hasta que, de pronto, una luz.
Y en medio de esa luz… él.
Gavin, tendiéndome la mano.
“Mil…”, dijo en ese sueño con una voz tan real que dolía.
Y yo la tomé.
Desperté bruscamente, jadeando. Mi corazón latía desbocado, mis manos temblaban ligeramente. Me incorporé lentamente, llevando una mano a mi pecho, tratando de calmarme.
“Fue solo un sueño…”, me dije a mí misma. Pero en el fondo, sabía que no lo era completamente. No era solo imaginación. Era memoria. Era miedo. Era advertencia.
Me levanté de la cama y fui a la cocina. Encendí la luz tenue y me serví un vaso de agua. El líquido frío recorrió mi garganta, ayudándome un poco a regresar a la realidad. Miré el reloj. Aún era de madrugada.